8 de marzo: un día más

Siempre me gustó bailar. Bailaba hasta la extenuación, exageradamente, durante horas, mejor o peor, pero lo hacía sin importarme quién ni qué hubiera alrededor. Yo encarnaba lo que transmite aquel dicho que ahora podría parecernos algo mrwonderfulesco: «baila como si nadie te mirara». Una noche, en la feria de mi ciudad, mientras lo daba todo sobre un barril, feliz, ajena a lo que otros pudieran pensar y sin más pretensión que disfrutar de la música, sentí una desagradable sensación en el culo. Un mordisco. Miré hacia abajo: dos chicos extranjeros me sonreían y, acto seguido, se llevaron sendos bofetones. Extrañados y contrariados, espetaron, en un muy rudimentario español, que bailando sobre aquel barril los había «provocado». Desde aquella noche jamás volví a encaramarme a uno. Seguí bailando, sí, pero siempre con la incómoda sensación de ser observada, de exponerme a reacciones ajenas que yo no había causado, o no al menos conscientemente. Con el tiempo, acabé perdiendo las ganas.

Esta anécdota tan «tonta», a la que tan fácil resultaría quitarle importancia, no es más que una gotita que, sumada a otras tantas a lo largo de mi vida, acaba por rebosar un vaso que jamás tendría que haberse llenado en primera instancia. Un vaso que te conduce a ir por la calle con miedo muchas veces, a cargar con una culpa desaforada cuando no logras hacer tu trabajo impecablemente, tener la casa impecable, llevar a tus hijos impecables si los tienes, ir impecable tú (y qué menos que delgada y depilada, como dictan los cánones) y etcéteras varios. Una culpa que también es fruto de la renuncia, especialmente cuando te conviertes en madre: la renuncia que conlleva que se te mire con otros ojos en el ámbito laboral; que te hace sentir que ahora te «toca» dar un paso atrás en ese sentido; que te llevará a sentirte la peor madre del mundo, la más egoísta, cuando dejes a tu hijo en otras manos si quieres seguir con tu carrera laboral. En un país donde la maternidad es zancadilleada desde las altas esferas de la forma más vil, sentirás el peso de la culpa como una losa que te amarga la existencia.

He visto con mis propios ojos cómo se ha despedido a compañeras por quedarse embarazadas y se les ha callado la boca con una indemnización exigua; he visto cómo esa misma empresa que despedía impunemente adoptaba como política interna —y no escrita— dejar de contratar a mujeres porque, al quedarse embarazadas, daban muchos «dolores de cabeza» (sic). He sentido esa culpa, esa renuncia, y las siento cada día al tener que empezar mi jornada laboral antes de las 6 de la mañana y finalizarla más allá de las 12 de la noche (¡y qué suerte la mía que trabajo en casa y tengo a mi hijo conmigo!), al tiempo que lidio con la presión de las fechas de entrega y hago malabares para atender al crío porque ahora mismo no puedo permitirme una guardería. He vivido cómo, al ceder parte de mi mísera baja por maternidad a mi pareja, su empresa no sabía gestionarla por ser el primer caso similar que se les ha presentado (y hablo de una gran multinacional). Sé lo que es no poder disfrutar de las 16 semanas de baja porque, entre otras cosas, me tocaba seguir pagando la cuota de autónomos cada mes y con los poco más de 400 euros limpios que me quedaban era imposible vivir. Sé lo que es perder clientes por estar de baja. Sé lo que es que encima te digan que te ves así porque quieres, o no haber decidido ser madre. Y que hay situaciones infinitamente peores que la mía, también.

Y sé, desde luego, lo que es vivir en tus propias carnes que alguien opine sobre tu aspecto físico de manera espontánea y aún espere que lo agradezcas; sé lo que es que te manden a fregar, que te insulten al conducir, que te den la enhorabuena por vivir con un informático, porque así él seguro que se encarga de todo lo relacionado con esas tareas que nadie espera que domines de la forma que lo haces; sé lo que es que te insten a taparte, a llevar ropa holgada o incluso a dar el pecho «discretamente» porque la mera exposición ya es una provocación para otros. Sé incluso lo que es que, tras aquella desagradable anécdota del mordisco, otra mujer me dijera: «pero haberles seguido la corriente, ¡si eran guapísimos!». Sé demasiadas cosas que no me gustaría tener que saber.

Ahora tengo un hijo y también sé que hay actitudes y pautas que no me gustaría que viviera y mucho menos reprodujera. Quiero que sea consciente de que papá no «ayuda» a mamá porque los dos somos corresponsables de todas las decisiones relacionadas con el hogar y con su educación. Que vea a los demás, hombres y mujeres, como los iguales que son. Que respete, que entienda que «no» significa «no» (venga de quien venga), que jamás se sienta con la potestad de trasladar a nadie opiniones no solicitadas sobre su cuerpo; que no se crea con derecho a vigilar los mensajes de Whatsapp (o lo que haya en su momento) ajenos. Que no dé según qué privilegios por sentados.

Y quiero que, cuando llegue el 8 de marzo, sepa que, tal día como hoy, un grupo de obreras textiles inició una protesta por sus míseras condiciones de trabajo y muchas de ellas murieron cuando el empresario trató de reprimir sus acciones encerrándolas en la fábrica y provocando un incendio. La acción de esas pioneras sirvió de punto de partida para una lucha que aún hoy sigue vigente: la de la desigualdad laboral. Pero el 8 de marzo, jornada incómoda para algunos, debe verse también como un día más, pues la lucha feminista (que aboga por la igualdad, no por la superioridad de la mujer, como erróneamente se piensa a veces, y que se extiende a todos los ámbitos de la vida) es una carrera de fondo: el año tiene otros 364 días en los que las reivindicaciones deben tener exactamente la misma importancia que hoy.

Educar a un hombre en estos tiempos no va a ser tarea fácil, pues implica pelear contra muchos lastres y preceptos heredados. Asimismo, tocará hacerle entender que no debe perpetuar ni tolerar determinadas actitudes y creencias por más que hayan sido «siempre así», todo ello mientras lidio con la culpa, los malabares y las dificultades que entraña esta tarea tan preciosa como dura. Con todo, si tuviera que resumir —muchísimo—a qué aspiro como madre y feminista, podría hacerlo en una sola frase: a que mi hijo jamás le quite a nadie las ganas de bailar.

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Autor: errequeerre

Treintañera, traductora, correctora, melómana, andaluza y ahora también madre de un boquerón majarón que me ha puesto el mundo patas arriba, pero me inspira más que nadie.

2 comentarios en “8 de marzo: un día más”

  1. Gracias, errequeerre por expresar lo que muchas vivimos o hemos vivido o, por desgracia, viviremos de una forma u otra. Muy importante y muy de acuerdo: igualdad, que no superioridad.

    Inspirador.

    Ah! Siempre es buen momento para bailar de nuevo, de siempre, de repente, nadie puede quitarte eso 😉

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